Mad Max es una trilogía protagonizada por un joven Mel Gibson que transcurre en un escenario postapocalíptico. Las tres son del mismo director: George Miller.
Sin duda, la mejor de las tres es la primera (Los salvajes de la autopista), de 1979, una especie de western futurista en el que Max es un policía encargado de vigilar la autopista con su mítico coche, el Interceptor (un Ford Falcon Coupé XB GT), por ser esta vital para el abastecimiento de la ciudad (recordemos que es un escenario post-nuclear). Pero cuando su familia se convierta en la nueva víctima de los salvajes de la autopista, ‘Mad’ Max decide que se acabó la vigilancia, y comienza la venganza.
Las dos siguientes, a mi gusto, no dejan de ser mera secuelas con el propósito de aprovechar el tirón de la primera para sacar algo más de beneficios (como suele ser habitual en las secuelas).
En la segunda (El guerrero de la carretera), de 1981, Max sigue en su interminable travesía motorizada por el desierto, como un lobo estepario. Su siguiente reto será ayudar a una colonia a librarse de la constante amenaza de los salvajes, que quieren robar la gasolina que guardan, pues es un bien totalmente escaso y, por tanto, preciado.
La tercera (Más allá de la cúpula del trueno), de 1985, ahonda aún más en el aspecto mísero en que ha quedado el mundo. Max, agotado, llega a un poblado de niños primitivos que le proponen un trato: devolverle los camellos con los que viajaba a cambio de que Max ataque a un tirano que produce gas metano con excrementos de cerdo en una ciudad subterránea. Para mi, la peor y menos creíble de las tres.
En fin, recomiendo al menos ver la primera, original y sumamente entretenida.





































