Aprovechando al aniversario de los acontecimientos de aquel mayo de 1968 en Francia, me gustaría que se leyeran dos artículos que enfocan el tema desde una perspectiva crítica. ¿Fue el Mayo del 68 una verdadera subversión revolucionaria que pudo poner en jaque una de las más “avanzadas” sociedades del Primer Mundo; o fue, por el contrario, unas protestas estudiantiles convertidas en desfile y exposición de modas e idealismos sin mayor intención que el ser vistos?
La conclusión no se aleja de lo que siempre he pensado: el progresismo ha hecho más daño a lo que podía llamarse “verdadera izquierda” que la propia derecha. Quizás ya lo anticipó Lenin en su obra El izquierdismo: enfermedad infantil del comunismo. Por si alguien tiene dudas, que observe la situación y evolución de Izquierda Unida. Cuando yo lo hago, lo que veo es que forma parte de esa “izquierda” que basa su izquierdismo no en cambiar el modelo económico (nunca he visto una crítica hacia el sistema liberal o directamente al capitalismo), no en definir un modelo de Estado claro (da una imagen muy ambigua respecto a los nacionalismos, acorde con la de todos, que pactan y trapichean según conviene para llegar al poder), sino en defender cuestiones sociales o morales como la unión de homosexuales; en criticar a lo que ellos llaman “la derecha”: es decir, el P.P.; en un cierto seguidismo con el P.S.O.E., al que engloban, junto a ellos mismos, en “la izquierda”… El hecho de que engloben al P.S.O.E. en la izquierda creo que ya es una tara bastante considerable para cualquier izquierdista que vea en “los socialistas” no más que un grupo de liberales (en el aspecto más económico del término) o socioliberales (no creo que se les pueda llamar ni socialdemócratas; eso sí, “progresistas”).
El primer artículo es de Enrique Gil Calvo publicado e El País el 15 de mayo de 1994. Se titula:
Reconozcámoslo de una vez por todas: la comedia de Mayo del 68 no fue más que una mascarada de carnaval. El carácter de ritual puramente escenográfico de representación de pape.les ante la galería era transparente:. se sabía que se estaba haciendo comedia, que había que dramatizar, escandalosamente para épater le bourgeois, y que todo valía con tal de llamar la atención de la prensa, las cámaras audiovisuales y las estupefactas familias. De hecho, si el fascismo y el nazismo inventaron la política de la radio en los años treinta, Mayo del 68, al dramatizar ante, las cámaras el primer carnaval de la. aldea global, inventó la- videopolítica que hoy impera. De ahí la voluntad escandalosa y transgresora de los rituales que se escenificaban, pues se trataba de celebrar la subversión del vigente orden institucional. Y ello exigía representar a la manera carnavalesca la inversión de todos los, papeles, mediante la adopción de máscaras rituales que figuradamente los transgredían. Pero, como en el carnaval, la transgresión sólo fue ritual y simbólica, es decir, inofensiva y ficticia: pasó sin dejar rastro ni modificar el vigente orden social al que fingía desobedecer.
Todo carnaval es un ritual conservador del orden, a modo de vacuna que inmuniza contra desórdenes mayores, preparando al paciente pueblo para que acepte de buen grado las represiones de la cuaresma. Pues bien, eso fue Mayo del 68: el sucedáneo de transgresión que, ante la inminente cuaresma laboral, actuó de vacuna contra toda tentación revolucionaria..
Y es lógico que fuese así, dada la coyuntura cíclica en que se produjo. Tras toda una larga etapa de crecimiento económico y pleno empleo juvenil, Mayo del 68 supuso el rito de paso hacia la nueva cuaresma laboral de duro recorte salarial y creciente desempleo juvenil que habría, de instalarse a partir de, ahí. Por eso al igual que sucede con los carnavales (protagonizados por jóvenes, obligados ritualmente a desobedecer antes de pasar a someterse como adultos al orden institucional vigente), también Mayo del 68 representó la paradójica domesticación de toda una generación presuntamente rebelde que, tras celebrar durante un mes la mascarada de su revolución ficticia, corrió a integrarse como adulta en todas las instituciones, asumiendo de hecho la responsabilidad de gestionar y conservar intacto el orden capitalista.
En efecto, la generación europea que hoy ocupa el poder es la de Mayo del 68, que fue verbalmente revolucionaria en su juventud, pero que luego, tras integrarse como adulta se ha hecho conservadora del orden. Y, encima, esta generación pretende alardear de su pasado utopismo juvenil, creyéndose con derecho a dar lecciones de civismo y compromiso político a los incrédulos jóvenes actuales. ¿Qué es esto: desfachatez, hipocresía o cinismo? ¿Hay que reconocer, como hoy sostienen muchos jóvenes, que lo del 68 fue no sólo un fracaso completo, sino, lo que es peor, una impostora superchería?
Sin embargo, esta tesis del fracaso es todavía demasiado comprensiva o esperanzadora, pues, aunque alienta sentimientos de queja y frustración por las ilusiones traicionadas, también permite una traducción romántica, como es la derivada de la ambición esteticista que anima a los defensores de las buenas y bellas causas perdidas: la utopía de Mayo sería preciosa precisamente porque nunca pudo llegar a triunfar. Pues bien, contra esta versión edulcorada cabe proponer una visión más escéptica que, frente a la tesis del fracaso, acepte la hipótesis del éxito perverso (aunque sea como efecto secundario, subproducto colateral o consecuencia necesariamente imprevista). ¿Y si Mayo hubiera sido un carnaval no sólo simbólico, sino también real por sus consecuencias? Hagamos el ejercicio de considerar los, hechos como si el programa máximo del 68 se hubiera realizado: ¿acaso no puede imaginarse que los jóvenes actuales han terminado sin querer por hacer realidad los ideales de Mayo?
El movimiento estudiantil y contracultural de los sesenta rechazaba la enseñanza formal como canal meritocrático y elitista de integración ocupacional. Pues bien, hoy, en efecto, se ha masificado tanto la enseñanza superior y el acceso a la cultura formal que estos mecanismos han dejado de ser cauces meritocráticos de ascenso e integración social, perdiendo su anterior función selectiva: la cultura y la universidad ya no proporcionan una posición desde la que juzgar y evaluar la realidad social, pues sólo son redundantes recreos gratuitos con los que entretienen su ocio los jóvenes adultos, cívicamente menores de edad.. La consecuencia es que los jóvenes. actuales están mucho más escolarizados, pero eso no los ha hecho más ilustres, sino más lúcidos. Son escépticos y racionalistas en vez de ilusos o crédulos, y su calculador oportunismo les mueve a ser realistas y pedir lo imposible, pues de hecho, lo consiguen: rechazan el alienante trabajo porque pueden permitirse el lujo de vivir sin trabajar, como perfectos parásitos racionales (free riders) mantenidos a costa de la familia, que reivindican su derecho personal a. recibir todo a cambio de nada.
¿Puede concebirse mayor realización material de los ideales de, Mayo? De hecho, hoy los jóvenes ya sólo hacen el amor, y no la guerra. Se entregan a la promiscuidad genital considerando el sexo como un juego de niños sin consecuencias, completamente desvinculado de todo compromiso interpersonal y sin ninguna responsabilidad familiar. Y por lo que hace a su peculiar civismo, no parecen dispuestos a prestarse a ninguna obligación sin que medien claras contrapartidas inmediatas, y aun eso con displicente tacañería, pues se creen con derecho a ser desertores con soldada: reivindicando su sueldo gratuito como hijos de familia y participando sólo en lo que les venga en gana.
¿Cómo ha podido degenerar así el libertario ideal educativo asumido desde Mayo? Sin duda, no es responsabilidad de los jóvenes actuales, sino de sus padres: de aquellos protagonistas del 68 que lo llevaron a la práctica. Es aquí donde más debe discutirse la tesis del fracaso; pues si bien, desde luego, los sesentayocheros, al integrarse socialmente como adultos, no hicieron la revolución, sino que se dedicaron lucrativamente a conservar el orden vigente, lo cierto es que no por ello dejaron de obedecer en cierta medida al designio oculto de Mayo.
En efecto, de acuerdo al legado de la Ilustración, lo propio del movimiento contracultural de los sesenta fue el identificar las instituciones (el poder, el Estado, la religión, el derecho, la familia, la Academia, etcétera) con la causa misma de todos los males. Y, por tanto, su programa emancipatorio y liberador pasó por tratar de apoderarse de todas esas instituciones con el fin declarado de subvertirlas, e intentando al menos instrumentarlas, si es que no podían ser destruidas. Pues bien, eso fue lo que sucedió: la rebelión subversiva contra las instituciones fracaso, pero no por ello se detuvo la voluntad de instrumentarlas. una vez ocupadas y parasitadas. El resultado, fracasada la subversión, ha sido la perversión institucional: los sesentayocheros, instrunientalinente infiltrados en unas instituciones en las que no creían, se han dedicado sistemáticamente a expropiarlas y saquearlas, re-explotándolas en su propio interés.
Es el síndrome de Craxi, que ha extendido por doquier la corrupción generalizada. La generación entera de Mayo del 68, como para ser fiel a su transgresor origen carnavalesco, se ha dedicado a pervertir y corromper (con la coartada de querer transgredirlas y subvertirlas) todas las instituciones políticas, económicas y familiares que ha ido colonizando: los partidos políticos, las empresas públicas y privadas, hasta sus propias familias.
Pues, en efecto, la peor corrupción -generada por los carnavaleros del 68 ha sido la practicada con su propia descendencia, a la. que sobornan con permisividad corruptora para no tener que asumir ninguna responsabilidad educativa: y los hijos de Mayo del 68 sólo heredan de sus padres el ejemplo de la corrupción, dejándose sobornar sin excesivas protestas. Pero ¿quiénes son más corruptos, los jóvenes actuales que se dejan sobornar por sus mayores o los ex jóvenes transgresores del 68, que saquean todas las instituciones mientras fingen que las sirven y respetan?
Enrique Gil Calvo es profesor titular de Sociología de la Universidad Complutense de Madrid.
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El segundo artículo es de Antonio Pérez Henares y fue publicado ayer. Su título es:
El mayo del 68 cavó la tumba del marxismo y la izquierda comunista pero tan sólo la cambió por un spot.
Sobre la tumba de aquella izquierda revolucionaria europea, del comunismo cayeron mas tarde los cascotes del muro de Berlín , pero eras las consignas publicitarias de París las que habían cavado ya el hoyo.
La vieja izquierda, hegemónica tras la guerra mundial, patrocinada por la URSS, estaba ya herida de muerte por el totalitarismo, el estalinismo, la burocracia y la negación de la libertad, pero aún faltaban dos décadas para que el cadáver se desplomara.
Los rojos fueron sustituidos por los progres. La idea de revolución por el movimiento ONG. O sea, la justicia por la caridad. Solidaridad, para que suene mejor y no huela a monja. Eso si todo en el discurso hermoso, en la incontestable declamación de paz, de los derechos y de acabar con el hambre del mundo. El discurso hippy de ayer, el discurso del buenismo de hoy
Rojo y progre no son en absoluto cosa igual. Tal vez ni parecida, e incluso puede que contradictoria, pero se quedan con su mito y su leyenda sin tener que asumir errores, crímenes ni miserias
Los ultraizquierdistas universitarios–hijos en su mayoría de la burguesía acomodada-gritaban que los comunistas habían traicionado a la clase obrera y se habían vendido al capitalismo
Ahora son todos asesores del Eliseo, de Moncloa, del FMI . Algunos esbozan minifilosofías de andar por las casas de la derecha liberal o de la socialdemocracia.
Tanto el progre del 68 y el del tercer milenio supieron adaptarse mucho mejor al “medio”. Fueron y son maravillosos publicitarios. Eso es lo que queda de aquello. “Seamos realistas, pidamos lo imposible”. “Queremos el mundo y lo queremos ahora”.”Prohibido prohibir””La imaginación al poder”. Eso , y lo mejor, “Hagamos el amor y no la guerra” (Vietnam nos dolía a todos). Aquello , la revolución sexual, y el movimiento de liberación de la mujer que tomo entonces carta de naturaleza fue lo más verdadero y perdurable de aquellos días.
Los jóvenes españoles que entonces velábamos nuestras primeras armas contra la dictadura, generalmente en filas del Partido, o sea del PCE, alucinábamos en colores. Los franceses nos querían hacer trotskistas. Nosotros lo que queríamos era acabar con la dictadura. En España no era mayo. En España la policía “suicidaba” a la gente (Enrique Ruano) y un puñado muy activo lograba la hegemonía en la Universidad (concierto Raimon) y enlazaba con un incipiente movimiento obrero (CC.OO.) de nuevo cuño y creciente actividad. Pero si, también teníamos utopía y canciones. No era poco. No es poco incluso hoy en día.
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El Mayo quedo para la imagen como cosa de jóvenes en barricadas de adoquines. Pero la verdad es que quien puso contra las cuerdas a De Gaulle fueron los obreros del entonces cinturón rojo que ocuparon las fábricas y convirtieron la Renault en un efímero bastión revolucionario. Acabaron pactando el plato de lentejas. Al mes Francia votó a la derecha.
De los obreros ya no hay memoria histórica que valga. Estaban cavando su propia tumba. Lo que quedó en la retina fue el spot de quienes en realidad les estaban enterrando.
El mayo mató a la izquierda totalitaria y estalinista-aunque sus mitos eran Mao y el Che Guevara y los puristas ponían Albania como ejemplo a seguir- pero no alumbro sobre las ruinas del marxismo ningún cuerpo de doctrina global, ninguna utopía. Unos vestidos de flores, una canciones y unas pegatinas quedan muy bien para las hemerotecas pero no tardaron en ser prontamente integrados por la dinámica de mercado y capital.
Hoy seguimos viviendo en aquello. En pequeños átomos, sin respuesta total al sistema. ONG, ecologismo, feminismo y la dávida rebautizada como “solidaridad”.
El progre es el heredero natural del “ultraizquierdista” del mayo. El joven burgués pagado de sus presuntos, converso a “fés” tan absolutas como efímeras que riñe a los materialistas obreros. Pero ¿que es el progre? ¿Qué cuestiona de fondo y de principio?. ¿El sistema capitalista?. No. ¿La propiedad privada?. Menos. El control publico, nacionalización de las fuentes primarias de riqueza. De esos en Occidente nadie quiere ni oir hablar.
Entonces ¿cuál es su propuesta?. Pues casi ninguna, excepto la de la imagen. Hay respuestas parciales. Envoltorios. Pero a día de hoy a Marx no le ha sustituido nadie con una visión global del mundo y una propuesta , una alternativa, de cambio universal.
A falta de ello seguimos en el mayo francés: un buen spot. Fueron maravillosos convirtiéndose en un anuncio publicitario. ZP es en este sentido su mejor discípulo y quizas ya el único heredero en todo el viejo continente.
P.D. Y dicho todo esto. Queda una nostalgia. Quizás la mas sentida, a que negarlo, sea la de la propia juventud huida pero vivida. Pero tal vez haya algo más. Toda aquella generación, o lo que fue en ella hegemónico y perdurable , tenía utopía, tenía música, tenía una canción. Quizás porque las tuvo y esta carece de ellas es por lo que sus viejos mitos siguen siendo hoy los únicos vigentes y sus músicas las que perduran.
Contradictorias con su propios mitos en ocasiones. En la senda misma de la integración casi antes de empezar a andar. pero , que diablos, al menos quería andar y soñaba con un mundo diferente..
Hoy no falta quien lo sueñen. Pero ¿son los hegemónicos en el pensamiento y espejos de nuestra sociedad ?. O estos lo son quienes tienen en la marca de ropa la seña de identidad, en la liga de fútbol su nivel de felicidad o frustración, en la telebasura y el glamour de los objetos-mujeres sus espejos yen el botellón una filosofía de vida.